Hotel Florida Plaza del Callao.

Fui por la noche al hospital y la conté cómo había llegado el francés, lo que me había parecido, su energía, su corpulencia, su clara sonrisa, pero no le dije nada de cuanto había ocurrido unos minutos antes de que el coche de Valencia se detuviera junto a la acera y bajaran los dos, el representante de las fábricas francesas y el teniente que le acompañaba, a los que saludé sin dar la mano, explicándoles el por qué y asegurándoles que la sangre no era mía. Para qué hablarle a ella -a todas horas en quirófano- de ese líquido de brillante color, bellísimo aunque incómodo, que afortunadamente desaparece con el agua, porque si no ocurriera así, los dedos, las ropas, los muebles, suntuosos o modestos, el umbral de las casas, todo estaría señalado con su mancha imborrable.

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Juan Eduardo Zúñiga. La trilogía de la guerra civil.

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