Crónica 01 de Septiembre del 2010.

Tanger, pinzas de la ropa y alminar.

Hemos amanecido entre dunas, delante de la improvisada pantalla de cine… No recuerdo casi nada de la película, estaba agotada. Recuerdo que anoche me sangró mucho la nariz, de ahí todas las manchas a mi alrededor me parecía que alguien había muerto. Ropa de deporte. Estiramientos. Hoy el deporte ha sido algo más relajado, hemos visto el amanecer mientras hacíamos los ejercicios y claro, no todos los días está uno en medio del desierto haciendo deporte entre dunas mientras ve el amanecer. Increíble.

Después de un rico desayuno militar aparecieron unos hombres desde lejos con una hilera de camellos, formando siluetas increíbles a contraluz. Tuvimos la suerte de sentirnos como nómadas encima de los camellos, bamboleándonos a cada paso del precioso animal. Después del caluroso paseo, al volver al campamento ya nos estaban esperando los conductores de los Jeeps para atravesar el desierto escalando dunas como si estuviésemos en una de esas carreras tan famosas de Dakar. Bulleman era nuestro conductor y nos deleitó con música árabe hasta que la quitó, al parecernos muy monótona. Conseguimos acordar con él poner un ratito de nuestra música y otro de la suya.

En el primer trayecto, dormité un poco. Digo que dormité porque es imposible quedarse dormido con tanto bache y curva, además de esa música repetitiva. Hicimos una parada en un pozo en principio para refrescarnos un poco, pero terminó siendo una guerra de agua brutal mientras todos corríamos de un lado a  otro. Luego caí en la cuenta de era un pozo para alimentar a camellos y ovejas y que el bebedero donde habíamos metido la cabeza era donde los pobres animales bebían. Ahora hay un ligero olor a camello en el ambiente, pero ya no se sabe diferenciar. Estamos tan sucios que incluso parecemos más morenos, pero no hay que engañarse, es roña.

Seguimos nuestro viaje en el Jeep hasta llegar a un pueblo llamado Fanrit. Allí nos invitaron a una coca-cola y estuvimos jugando con unos niños. ¡Por fin pude regalar mis tazos y la flauta que había traído para ellos! Pillaron el juego en seguida, así que casi no tuve que explicarles cómo jugar.

Nos subimos a los autobuses aun sin haber comido, rumbo a Immaouine. El conductor, Joaquín, nos puso música muy melancólica. Me hizo recordar a mi gente de Madrid. El ambiente en el autobús es genial: canciones, charlas interesantes, grandes siestas…yo siempre hago honor a esta última, una gran siesta. Hay que aprovechar que aquí nunca se sabe.

Llegamos a un páramo desértico. Era de noche así que no sabría muy bien cómo describirlo. Cogimos lo justo y necesario y emprendimos una pequeña marcha nocturna. Ahora estamos a los pies de una gran montaña, intuyo. Después de una interesante charla de astronomía, muchos deseos pedidos a estrellas fugaces, acabamos de cenar una rica fideguá de Pablo, nuestro bombero cocinero.

El cielo por la noche es impresionante, pero tengo ganas de que amanezca para ver este lugar. Alguien muy importante dijo una vez: “porque nunca está de más echar de menos a alguien y nunca está de menos sonreír si todo va bien…”. Será leyenda.

Marta Trejo

Expedicionaria MRS 2010

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